La cara oculta de la Navidad

El verdadero origen de la Navidad ha quedado al descubierto desde hace ya unos años. En esta época sobrecargada de información, hemos dejado atrás la ingenuidad de otros tiempos. Pero saber la verdad siempre es algo bueno: depende de cada individuo gestionar la información que recibe.

Está más que confirmado, a través de escritos y anotaciones antiguas, que las raíces de esta festividad que asociamos al cristianismo, son puramente paganas. El 25 de diciembre, que identificamos hoy día con el nacimiento de Jesús de Nazaret fue, hasta el siglo IV d.C. la festividad romana del Sol Invictus. Esta celebración tiene orígenes aún más remotos y se inspira en el mito del dios persa Mitra, mencionado por primera vez en torno al 1400 a.C. Según los tratados el dios Mitra nació de una piedra un 25 de diciembre, creado por su padre Ahura Mazda. Llegó al mundo en una cueva, acompañado de una mula y un buey. En seguida acudieron a adorarle los pastores de la región, guiados por las estrellas. Nos resulta una historia familiar, ¿verdad? Resulta que Constantino I era seguidor del mitraísmo, a pesar de lo cual presidió el Concilio de Nicea en el 325 d.C. En esta histórica asamblea se reunieron los líderes cristianos más relevantes de ciudades como Alejandría, Antioquía, Jerusalén o Atenas, así como los representantes de las religiones y sectas más importantes del Imperio Romano. El propósito era crear una religión Estado, basada en el cristianismo, para unificar y aplacar a una población dividida. El resto ya lo conocemos.

Las fiestas navideñas han llegado hasta nuestros días como una época de amor y generosidad. La tradición de intercambiar regalos podría tener varios orígenes. Por una parte, encontramos la celebración de las Saturnales en la antigua Roma. Eran fiestas dedicadas a las cosechas en las que las calles se engalanaban y se organizaban banquetes en todas las casas.  Por otro lado tenemos la figura de San Nicolás de Bari, que fue un obispo que vivió en el siglo IV d.C. en Licia (actual Turquía), quien entregó toda la fortuna que heredó de sus padres a los más necesitados. Su figura da lugar al conocido mito de Papá Noel, Santa, San Nicolás o Santa Klaus. Curiosamente, fue contemporáneo del emperador Constantino y participó en el concilio de Nicea.

Más tarde, ya en el siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, germinó en los países desarrollados, lo que conocemos como Estado del Bienestar, que tiende a promover la cultura del consumo.

La evolución de este sistema nos ha llevado al punto de vincular la adquisición de bienes y servicios con la felicidad y el éxito

Esto se manifiesta de forma desmesurada, precisamente en las fiestas navideñas, una celebración que cada vez resulta más contradictoria y a la que convendría reasignar un nuevo significado, al menos a nivel individual.

Mucho se habla de ese “espíritu navideño” que trata de ensalzar los valores más nobles del ser humano, como la generosidad, la solidaridad y la capacidad de amar al prójimo. En 1914, en plena guerra mundial, se llevó a cabo una tregua de Navidad, durante la cual, no solo se interrumpió la batalla, sino que además, los soldados de ambos bandos, cantaron villancicos, se hicieron regalos y jugaron juntos varios partidos de fútbol. Pero vamos a proponer un interrogante: ¿es compatible el verdadero espíritu navideño, con el consumismo material exacerbado de la actualidad?

Las cifras no mienten: los hogares elevan su gasto económico hasta un 50% solo en alimentación. Los banquetes son la norma y comer y beber en exceso es parte fundamental del ritual.

¿Por qué se identifica la moderación con privación? ¿Y por qué un derroche económica y medioambientalmente insostenible sí nos complace?

Según las encuestas, el 10% de los alimentos preparados se tiran a la basura. Y los que se consumen, de forma desproporcionada, se instalan en el tejido adiposo de los ciudadanos para seguir incrementando, año tras año, las tasas de sobrepeso de la población.

Todo esto es, sin duda, una oda al hedonismo y al despilfarro por encima de nuestras posibilidades. Paremos a pensar un momento, ¿realmente es necesario?

Pero son, sin lugar a dudas los animales de otras especies los que salen peor parados. Los alimentos de origen animal son los más consumidos y los que prácticamente llenan las mesas de los hogares. Además de los mariscos, que contribuirán a disparar un poco más el nivel de colesterol, los productos más demandados son la ternera, el cordero lechal y el cochinillo. Los tres, animales bebés, casi recién nacidos. Igual que el Jesús que decora el centro de todos los belenes. Seamos o no cristianos, ¿no hay cierta incoherencia en celebrar el afecto y el calor familiar, rompiendo otras familias?

El cordero lechal es una cría que solo a los 20 días de nacer, se lleva al matadero. La ternera tiene menos de un año y aún es lactante y dependiente de su madre cuando se sacrifica. El cochinillo o lechón no llega a las tres semanas tampoco. Muchos aún conservan restos del cordón umbilical.

Por otra parte, el regalo estrella de las fiestas navideñas son los animales domésticos o exóticos, muchos de los cuales serán abandonados a los pocos meses. Tanto protectoras, como partidos políticos y asociaciones antiespecistas, realizan un arduo trabajo para concienciar a la población y condenar la compra-venta de animales. Aun así, las tiendas y los criadores siguen haciendo su agosto en estas fechas y los datos de abandono continúan siendo escalofriantes. Hemos cosificado sin piedad a nuestros compañeros de planeta, convirtiéndolos en meros bienes de consumo.

Así pues, podemos afirmar sin lugar a equivocarnos que la Navidad no es lo que nos habían contado. Además de no conmemorar el nacimiento de una figura cristiana, nosotros la estamos despojando de cualquier valor espiritual que pudiese tener. ¿Significa esto que todo es un fraude y deberíamos renunciar a una festividad tan señalada? En absoluto. Desde aquí lo que proponemos es una revisión consciente de nuestro estilo de vida y nuestras decisiones. Es bastante habitual en el ser humano dejarse llevar por la corriente y aún más difícil es resistirse a ello cuando estamos tan rodeados de estímulos que nos incitan y nos crean falsas necesidades.

El ritmo de consumo navideño es insostenible. También el del resto del año

En las últimas décadas, el incremento del endeudamiento familiar, los problemas de salud, la insatisfacción por falta de tiempo y la degradación del medioambiente, son síntomas inequívocos de que el consumo desmesurado está deteriorando el planeta y  nuestra calidad de vida. Según informes de la OMS, más de 300 millones de personas en el “primer mundo” padecen depresión.

El pensador y catedrático en Economía Serge Latouche es uno de los mayores representantes de la corriente del “decrecimiento”. Este movimiento trata de promover una vida más sobria y ecológica, lejos de la acumulación de bienes materiales que guía hoy día la actividad diaria de los países desarrollados. No se plantea una involución, sino una adaptación de la velocidad del gasto de los recursos al ritmo de regeneración natural. Latouche sostiene con convencimiento, que solamente si aprendemos a reconocer nuestras auténticas necesidades, podremos ser felices de verdad. Y es que desear lo superfluo tiene un precio demasiado alto, que es terminar perdiendo la capacidad de obtener placer de otras maneras. Y en última instancia perder también lo más valioso que tenemos: nuestra libertad.

Aprovechemos las fiestas y las celebraciones para generar, trabajar, cuidar y mantener los vínculos con nuestros seres queridos. Para cuidar del entorno y vivir en armonía con la naturaleza y con nuestros propios cuerpos.

Artículo publicado en Bueno y Vegano.

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