El poder del lenguaje

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Hemos aprendido a hablar menospreciando a los animales. “Qué burro eres”, decíamos. E incluso hubo un tiempo en que era costumbre escolar colocar unas enormes orejas de equino al alumno que no se sabía la lección, a modo de humillación pública. “Eres sucio como un cerdo”, “me trataron como a un perro”, “eres un gallina”, “vaya zorra”. Seguro que conoces muchas más expresiones similares, todas ellas negativas, discriminatorias y especistas.

El lenguaje es mucho más que el medio que utilizamos para expresarnos con los demás. Es también la estructura de nuestro pensamiento y nuestra forma de entender la realidad. ¿Qué va antes, el lenguaje o el pensamiento? Pues hay diversas teorías al respecto. Chomsky afirma que el lenguaje es como una especie de programa de ordenador que se ejecuta automáticamente. Según él, el lenguaje precede al pensamiento y este a su vez, depende del lenguaje. Otros, como el psicólogo Piaget, sostienen justo lo contrario, que el lenguaje se desarrolla con la capacidad de pensar y generar ideas. Por supuesto, también existe la teoría de que ambos se desarrollan de forma interrelacionada. De lo que no cabe duda alguna es de que el lenguaje es el reflejo de una sociedad, una época y una cultura, tal y como estudia la socio-lingüística. Y a la vez, es un vehículo que sirve para perpetuar y normalizar comportamientos históricamente aceptados, pero que hoy, son, o comienzan a ser, moralmente inaceptables. Por otra parte, la mayoría de los modismos o frases hechas, se basan en prejuicios que son reflejo de la ignorancia de épocas pasadas.

La propia UNESCO recoge la siguiente definición: “El lenguaje no es una creación arbitraria  de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo”.

Cuando alguien emplea la expresión “ser sucio como un cerdo”, no sabe que los cerdos en su medio natural, son increíblemente aseados. Hacen sus necesidades en un lugar apartado del sitio en donde comen o duermen y se cubren de barro suave para proteger su piel del sol y los insectos. Si vemos a un cerdo sucio, es que vive en una pocilga minúscula, sin espacio, sin comida fresca, sin paja mullida para hacerse una cama limpia y seca. Un cerdo sucio, es un cerdo maltratado. Cuando llamamos a alguien gallina como sinónimo de cobarde, ignoramos que son unas madres coraje, capaces de hacer frente a cualquier amenaza para proteger a sus polluelos. Son seres pacíficos que  simplemente, buscan la tranquilidad y el silencio. Se utilizan también los términos zorra y perra, con una intención doblemente discriminatoria, para definir a mujeres con una sexualidad más liberada de lo socialmente aceptado. Sin embargo las perras entran en celo un par de veces al año, y solamente están receptivas al coito los últimos dos o tres días del ciclo. Las zorras tienen una única temporada de celo y tan solo dura entre uno y seis días. Los burros tampoco son tontos. Son seres absolutamente dóciles y amorosos, tanto, que su dulzura de carácter se ha aprovechado durante siglos para poder explotarles sin miramientos. Decimos “borregos” en tono despectivo para indicar falta de personalidad. Las ovejas son tan sociables y gregarias como los humanos. Pero sin los comportamientos tóxicos que se dan frecuentemente en nuestros grupos. Ellas forman rebaños y se cuidan de forma solidaria, demostrando una gran sensibilidad y empatía. “Le trataron como a un perro”, es una expresión terrible que normaliza el maltrato hacia estos animales. Refleja que hay una manera correcta de tratar a unos y a otros, pero que lo que es aceptable para un perro, es censurable para un humano.

¿No deberíamos tener asumido que todos tenemos derecho a que nos traten con dignidad?

En español tenemos también un montón de refranes y frases hechas que son la expresión verbal de una cultura del maltrato. “Matar dos pájaros de un tiro”, “por la boca muere el pez”, “estar para el arrastre”, “sangrar como un cerdo”, “andar como pollo sin cabeza”, “pelar la pava”, “ir cargado como un burro”, “muerto el perro se acabó la rabia”, y muchas más. A menudo las repetimos sin analizar siquiera la escena abusiva y violenta que evocan. Y de esta forma nos insensibilizamos y nos habituamos a una realidad que normalmente generaría rechazo. Cuando decimos “tengo la piel de gallina”, hacemos referencia a una piel con los poros inflamados cuyas plumas han sido arrancadas sin miramiento. Lo más aterrador es que usamos esta frase, que representa una escena absolutamente cruel, para referirnos a determinados momentos de intensidad y sobrecogimiento emocional. El respaldo cultural hace que la violencia sea aceptable y la repetición constante en nuestra comunicación habitual llega a insensibilizar la respuesta del cerebro. Algo similar a lo que ocurre con la exposición en los medios de imágenes violentas.

lenguaje especista

“Urraca”, “víbora”, “cabrón”, “foca”, “rata”, “bicho”. Usamos los nombres de los animales como insulto. Como vemos, nuestro lenguaje está lleno de expresiones especistas que reflejan una cultura con un enorme desprecio hacia los animales.

Incluso se tiende a utilizar la palabra “animal” para definir a alguien bruto, irreflexivo, que no piensa lo que hace. De esta manera seguimos intentando negar nuestra propia animalidad, manteniendo esa enorme brecha que nos separa a los humanos de los demás animales. Y este alejamiento tiene una función clara: establecer al humano como una especie superior y así justificar su uso y su maltrato.

Nuestro idioma y, probablemente también todos los demás, refleja un empeño insistente en clasificarnos como seres distintos de los demás animales existentes sobre la Tierra. Nosotros tenemos una boca, pero todos los demás tienen hocico, morro o pico, aunque sea para todos una cavidad oral dotada por la naturaleza para el mismo fin. Lo mismo ocurre con otras partes del cuerpo, como las extremidades. Los demás animales no tienen piernas o brazos, sino patas, igual que una mesa o una silla, quedando así relegados, a simples cosas. ¿Y si el lenguaje condiciona nuestra percepción del mundo como sostiene Chomsky? Tal vez esta forma de expresarnos sobre los animales, nos impide mantener con ellos una relación de auténtica igualdad. ¿Y si, como dijo Piaget, el lenguaje es la verbalización del pensamiento? Entonces estaríamos aceptando sin más que los animales no humanos pertenecen a una categoría inferior.

En la actualidad, las corrientes feministas ya se están haciendo eco de la influencia que tiene el lenguaje sobre el pensamiento y el comportamiento humano. “Lo que no se nombra no existe”, decía el intelectual parisino F.G. Steiner. Al igual que el lenguaje tiene el poder de invisibilizar, también tiene la capacidad de degradar a colectivos enteros, grupos étnicos y especies diferentes.

Desde estas líneas os invitamos a reflexionar acerca de las cosas qué decimos y por qué las decimos. Para dejar de normalizar comportamientos especistas debemos hacer una revisión de nuestro propio lenguaje.

Artículo publicado en Bueno y Vegano: https://www.buenoyvegano.com/2018/08/07/lenguaje-especista/

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